El asesinato de Soleimaní, línea roja

 

MSIa Informa

El asesinato del general iraní Qassem Soleimaní, comandante de la Fuerza Quds del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica iraní, y del vicepresidente de las Fuerzas de movilización Popular Iraquíes, Abu Mahdi al-Muhandis, la madrugada del 3 de enero en el aeropuerto de Bagdad ordenado por el presidente Donald Trump, trazó una línea roja.

 

Tal acción desenmascara la maquinación de un grupo de la casta dirigente estadounidense de llevar a sus últimas consecuencias la determinación de no admitir el inexorable desgaste de su hegemonía mundial disfrutada en las últimas décadas. Para tales grupos, es preferible forzar el desencadenamiento de un conflicto de gran magnitud, que compartir un nuevo sistema de relaciones internacionales fundado en la cooperación no hegemónica para el desarrollo y el progreso, iniciativa en la que China y Rusia asumieron la delantera, con la dinámica de la integración física y económica de Eurasia y sus ramificaciones para los demás continentes.

 

La directriz fue expuesta ni más ni menos que por el mismo secretario de Estado de EU, Mike Pompeo -señalado el principal mentor de los asesinatos- en un discurso pronunciado en la Universidad de Stanford, en el que admitió que el hecho se enmarcó en el ámbito de una nueva “estrategia de contención” contra los enemigos de Estados Unidos, la que, además de Irán, incluye a China y a Rusia.

 

“La importancia de la contención no está confinada a Irán. En todos los casos, debemos detener a los enemigos para defender la libertad (sic). Este es todo el objetivo del trabajo del presidente Trump para hacer a nuestras Fuerzas Armada más fuertes que lo que nunca fueron antes,” dijo para mencionar luego a China y a Rusia como blancos (Reuters, 13/01/2020 -1-)

El mero hecho de juntar a Irán a las dos potencias nucleares que encabezan la integración euroasiática denota la pretensión de preservación hegemónica del establishment estadounidense.

 

A pesar de que pocos países se hayan manifestado de forma enfática contra los asesinatos, el acto recibió críticas hasta de los aliados de Estados Unidos, como Canadá, y fue recibido silenciosamente en la mayoría de las capitales del planeta como una trasgresión inadmisible de todas las normas del Derecho internacional. Para muchos, Estados Unidos se convirtieron en la encarnación misma de un “Estado fuera de la ley” (Rogue State), membrete creado por lo ideólogos del gobierno de George W. Bush (2001-09) para agrupar a los países que se encontraban en su plan de “cambios de régimen -entre ellos Irán, Siria, Libia e Irak.

 

Soleimaní estaba en Irak en una misión diplomática oficial, para trasmitir al gobierno iraquí la respuesta iraní a un pedido de entendimiento hecho por Arabia Saudita e intermediado por Irak, con el evidente endoso de Estados Unidos, ya que el régimen de Riad no da un paso sin la anuencia de Washington. Por ello, viajaba en un vuelo comercial, lo que hace todavía más execrable la acción estadounidense, atribuida a un impulso irreflexivo de Trump ante una opción tramposamente preparada por los pirómanos del “Estado profundo” (Deep State).

 

Los más irónico es que Soleimaní fue un importante aliado de Estados Unidos en Afganistán, cuando su Fuerza Quds enfrentó decisivamente al movimiento Talibán y, más recientemente, en Siria y en Irak, donde fue decisiva para la derrota del Estado Islámico, fuerza bélica que llegó a dominar una gran extensión geográfica de los dos países.

 

Por otro lado, su muerte podrá ser la proverbial pulga que le rompió la espalda al camello hegemónico en Medio Oriente, al catalizar la determinación de Irán y de sus aliados regionales de forzar la retirada de las fuerzas militares estadounidenses. Y nadie debe dudar de la gran capacidad de disputa y de venganza que la alianza tiene a su disposición, como demostró la respuesta de Teherán con una salva de misiles disparados contra dos bases militares estadounidenses en Irak, todos los cuales alcanzaron los blancos establecidos con precisión insospechada.

 

El mensaje trasmitido por Teherán con el ataque fue todavía más significativo, por el hecho de que tanto Bagdad como Washington fueron advertidos con anticipación, lo que les dio tiempo de evitar muertes inútiles. Sin embargo, fue claro que Irán dispone de medios sofisticados para alcanza cualquier blanco estratégico de Estados Unidos en toda la región -inclusive en Israel.

 

Además del mismo Irán, también los hutíes del grupo Ansarolá de Yemen y el Hisbolá libanés demostraron disponer de medios para causar daños significativos a quien los tenga como enemigos, y eso sin hablar de las milicias chiitas favorables a Irak, que pueden convertir en un infierno la vida de las tropas estadounidenses estacionadas en el país.

 

De forma paralela, la fiereza estadounidense le dio a la Rusia de Vladímir Putin una nueva oportunidad de mostrar su sólida posición de socio y negociador confiable en la región; véase la gira inmediata de de Putin visitando a Siria y a Turquía, para entendimientos con los presidentes Bashar al-Assad y Recep Erdogan, ambos piezas claves en el complejo tablero de ajedrez regional.

 

Y mientras Trump y sus lugartenientes se empeñaban en justificar lo injustificable, Putin recibió en Moscú a la Canciller alemana, Angela Merkel, en una reunión no programada, y visitó al Primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu en Tel Aviv, además de que su cancillería se está empeñando en llevar a la mesa de negociaciones a las partes involucradas en la escalada del conflicto de Libia, a dónde Turquía ya envió una fuerza expedicionaria.

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